Junto a una ventana, yo hojeo estas páginas, que de improviso, pequeñas
gotas en el océano de lo vivido, me parecen pobres e inadecuadas hasta para
transcribir ni siquiera este momento de serenidad.
Fuera, la noche clara, rebosante de estrellas, guarda rostros y palabras que
no sabré decir jamás. Gran parte de mi historia se hunde en esta dulce
oscuridad, similar quizá a aquella, grande y buena, que me acogerá un día en
la paz en la que ya habitan mi padre y mi madre.
Pero no siento tristeza, sólo gratitud. Si he regresado a Ítaca, si en los
largos silencios de mi vida han resonado por un instante las notas del vals
que los planetas y las estrellas, tan relucientes esta noche, danzan en la
odisea de los espacios, siento que debo dar las gracias a una multitud de
personas, incluso a las que he olvidado, que al quererme, o simplemente al
estar a mi lado, con su presencia fraternal no sólo me han ayudado a vivir
sino que son, quizá, mi vida misma. |
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